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Control obrero ¿Mito o Realidad de la Transición Socialista? PDF Imprimir E-mail
Escrito por Hipólito Cedeño   
Ya en ediciones anteriores dijimos que no bastaba con estatizar una empresa para decir que se estaba al servicio de la construcción del socialismo. En ese entonces decíamos que se necesitaba un plan económico al servicio de la construcción del socialismo y que los trabajadores, a través de sus instituciones democráticas, concibieran y ejecutaran dicho plan.

Ahora bien, el Gobierno ha estatizado unas cuantas empresas, algunas estratégicas y otras no tanto, con la excusa de necesitarlas para la construcción del socialismo. Han pasado ya varios años desde que la CANTV, SIDOR, CEMEX, Banco de Venezuela, etc., fueron estatizadas.

Sin embargo, salvo en algunas empresas como ALCASA (empresa del Estado desde su nacimiento en los anos ’60), en la mayoría de los casos no se oye ni siquiera hablar del control de sus trabajadores sobre la producción, sobre la dirección de dichas empresas, ¿por qué?

Para entender mejor esta situación, echémosle un ojo al llamado “control obrero” en ALCASA: Esta empresa, cuya estructura tecnológica esta hace tiempo vencida y trabaja con pérdidas (a tal punto de que un consorcio chino recomendó el cierre definitivo de una de sus líneas de producción), fue escogida por el Gobierno para experimentar un “control obrero burocrático”, cuyo verdadero fin no es que los trabajadores controlen a la industria, sino controlar a los trabajadores. Dicho control se intenta realizar en tres frentes:

El persuasivo ideológico: por un lado, hay una ofensiva propagandística para promover el supuesto “hombre nuevo” propulsado por el Che Guevara, con una serie de valores que, vistos aisladamente no tienen nada de reprochables y, más bien, son admirables; solidaridad, compromiso, lealtad, esfuerzo, etc. Pero que, vistos a la luz del hecho de que quienes lo pregonan están muy lejos de cumplirlos, pues viven de manera contraria a los valores que resaltan, buscando siempre la oportunidad de hacer negocios particulares a partir de los cargos que ostentan, entonces el resultado es el rechazo de los trabajadores.

El persuasivo material: por otro lado, hay un intento de comprar o neutralizar a la vanguardia, a los dirigentes que sobresalen como lideres entre los trabajadores, ofreciéndoles cargos, prebendas materiales o privilegios, o sencillamente comprándolos con jugosos pagos a cambio de su apoyo a la política oficial de la empresa y del gobierno, o de su retiro de la empresa, sacándolos del juego político.

El disuasivo represor: por último, está el recurso usado en estos días muy frecuentemente, de reprimir la protesta, acusar criminalmente a los dirigentes, haciendo despidos, desconociendo sindicatos, etc.

En medio de todas estas acciones se realizan asambleas y mesas de trabajo donde se discute de todo pero donde no se decide nada estratégico en la conducción de la empresa. Se llegan a acuerdos firmados con los trabajadores, para luego desconocerlos, mientras se logra dividir a la clase obrera en sectores que se acusan mutuamente de contrarrevolucionarios o de “derecha endógena”.

¿Dónde queda el control obrero? En Rusia, en 1917, los obreros hicieron su revolución socialista instaurando el control obrero de la producción en las fábricas, donde revisaban los depósitos de materiales e insumos, la contabilidad y decidían si aumentaban la producción o si se despachaba una mercancía hacia determinado cliente. Más cerca en lugar y tiempo, los trabajadores de la Refinería de Puerto La Cruz, en el año 2002, sacaron a todos los jefes saboteadores y golpistas y mantuvieron la refinería produciendo y despachando gasolina; hecho particularmente admirable si se tiene en cuenta lo complejo de dicha unidad de producción, donde cualquier descuido puede provocar explosiones y accidentes. Fue desde allí que los trabajadores impulsaron los “Comités Guías”, para promocionar el control de los trabajadores sobre la industria petrolera.

¿Que hizo el Gobierno? Con el cuento de la “ingobernabilidad de PDVSA”, paso a atacar uno a uno a los lideres más representativos de las localidades, transfiriéndolos, despidiéndolos o dándoles cargos fuera de la industria petrolera. Logro convencer a los trabajadores de la Refinería para que devolvieran el control a los Gerentes nombrados por el Gobierno, ya que todo estaba volviendo a la “normalidad”, lo cual resulto ser cierto, ya que la empresa se maneja con los criterios capitalistas tradicionales, exceptuando que los excedentes monetarios no van a los bolsillos exclusivos del tren gerencial, sino que ahora también van a manos del Gobierno y del PSUV.

Nada parecido a los ejemplos de Rusia en 1917 y Puerto La Cruz en 2002 está pasando en las empresas del Estado. Ni siquiera el teatro de control obrero que montaron en ALCASA se intenta reproducir en PDVSA, CANTV o en los Ministerios, temen que se les escape de las manos. Se nos dice que la razón es la falta de unidad y conciencia política de los trabajadores. Es posible que tengan razón, pero, ¿quién divide a los trabajadores cuando sus líderes no son reconocidos como tales, como el caso del Secretario General de la Federación de Trabajadores Petroleros, José Bodas; o cuando el Ministerio del Trabajo avala medidas cautelares, despidos de dirigentes dotados de fuero sindical y formación de sindicato paralelo, como en el caso de la ensambladora automotriz, Mitsubishi? ¿Quién apela a lo menos consciente de la clase obrera, como son los buhoneros, los mendigos, los marginados que reciben asistencia social del Gobierno, para que se conviertan en brigadas de choque rompehuelgas, saboteadoras de intentos de organización autónoma y democrática. de los trabajadores y otros grupos sociales, al viejo estilo de los cabilleros adecos? El Gobierno, por supuesto.

Lo que pasa es que las Empresas del Estado no pueden estar al servicio de la transición al socialismo porque no hay tal transición. Es una estafa de un Gobierno que surge hace doce años de la tremenda crisis política que termino con el régimen bipartidista que existió desde los años sesenta. Esto en medio del ascenso de las masas en su búsqueda incesante de alternativas diferentes a lo planteado por la burguesía y sus políticos tradicionales. Este Gobierno, que tiene la tarea de acabar con la situación revolucionaria abierta desde el Caracazo. Esta etapa que ha tenido sus altos y bajos, pero que no se ha cerrado y agarro impulso precisamente luego del golpe de abril 2002 y el sabotaje petrolero de 2002 y 2003, no puede volver a la “normalidad burguesa” sin un cambio real en la estructura del Estado y sin ofrecerle nada a cambio a las masas inconformes. Por ello habla de socialismo, por ello habla de revolución. Pero bajo la superficie, la nueva burguesía bolivariana y la vieja burguesía tradicionalmente excluida por el capital financiero e importador, reclama sus espacios, su rol dominante y no dejara que "los que se comen el cuento del socialismo" (así lo ven ellos) se les salgan de control, así como no dejara que los sectores burgueses que antes dominaban se mantengan sin compartir las cuotas de poder político y económico.

Para esta tarea necesitan del mayor control posible sobre las empresas estratégicas, a fin de que la economía no se desmorone en pugnas entre sectores burgueses (como ocurrió en 2002 – 2003), y el mayor control posible sobre los trabajadores, pues no puede haber rentabilidad de los negocios capitalistas si los trabajadores constantemente reclaman y conquistan reivindicaciones que atentan con la maximización de las ganancias, si los trabajadores se "creen el cuento" del socialismo y se les ocurre tomar las riendas de la sociedad.

Por ello la urgencia de desenmascarar la prédica socialista del Gobierno, denunciando su política de criminalización y represión de la protesta, desconocimiento de la autonomía de los sindicatos, del derecho a huelga, la falsa ideología de que quien reclama sus derechos es “lochero” o individualista y las igualmente nefastas uniones burocráticas de las organizaciones controladas por el Gobierno y la desunión de los trabajadores de base, quienes no nos solidarizamos con los trabajadores de otras empresas o de otros departamentos en lucha, cuando reclaman sus justos derechos o cuando son atacados por los patronos, sean privados o públicos.

El Socialismo se construye desde y por los trabajadores, con sus organizaciones autónomas y democráticas, planificando la economía y la producción de las empresas del Estado en función de las verdaderas necesidades de la población. Cualquier otra cosa no es socialismo.

Fuente: Lucha Socialista n. 13, agosto 2011
 

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